EUPHORIA: EL EVANGELIO DE UNA GENERACIÓN PERDIDA: Simbología, personajes bíblicos y el regreso de la espiritualidad en la juventud contemporánea.
Cuando Euphoria apareció por primera vez en pantalla en 2019, gran parte de la conversación se centró en sus escenas de sexo, consumo de drogas y violencia emocional. Se habló de su estética hipnótica, de los maquillajes imposibles, de los colores neón y de la capacidad de Sam Levinson para retratar las contradicciones de la juventud contemporánea. Sin embargo, con el paso de los años y especialmente tras el desarrollo de sus tres temporadas, resulta evidente que la serie es mucho más que un retrato generacional. Bajo la superficie de fiestas, relaciones tóxicas y crisis de identidad, Euphoria ha construido una historia profundamente espiritual. Una historia sobre la culpa, el pecado, la redención y la búsqueda desesperada de sentido en una época que parece haber perdido toda fe.
Quizá por eso la serie ha logrado conectar con millones de espectadores, porque, aunque sus protagonistas vivan rodeados de redes sociales, ansiolíticos y teléfonos móviles, los conflictos que atraviesan son tan antiguos como los relatos bíblicos. La necesidad de ser amado, el miedo al abandono, la tentación, el sacrificio o la posibilidad del perdón son cuestiones que llevan acompañando al ser humano desde hace milenios. Lo que hace Euphoria es trasladarlas a los códigos emocionales del siglo XXI.
Si hacemos una lectura simbólica de la serie, resulta difícil no encontrar ecos de los grandes relatos bíblicos. No porque los personajes sean equivalentes exactos de figuras de las Escrituras, sino porque encarnan arquetipos universales que han acompañado al ser humano desde siempre. Culpa, redención, tentación, sacrificio, búsqueda de identidad, caída y resurrección son conceptos que atraviesan tanto la Biblia como el universo creado por Sam Levinson.
Rue Bennett representa probablemente el ejemplo más evidente. Durante las dos primeras temporadas se asemeja al hijo pródigo de la parábola evangélica. Es alguien que se pierde en sus propios excesos, que huye de quienes la aman y que trata una y otra vez de regresar a sí misma como ocurre en el relato bíblico, la cuestión no es únicamente la caída, sino la posibilidad del regreso. Rue vive obsesionada con encontrar una forma de volver a casa, aunque ni siquiera tenga claro dónde se encuentra esa casa. Su lucha contra la adicción es también una lucha espiritual. En realidad, nunca busca únicamente dejar las drogas; busca encontrar algo que llene un vacío que ninguna sustancia consigue calmar.
Jules Vaughn ocupa un lugar diferente. Para Rue aparece casi como una visión, una promesa de trascendencia en medio del caos. Hay algo angélico en ella, pero también recuerda a Jacob luchando con el ángel: una identidad en constante transformación, marcada por la tensión entre quién es y quién desea convertirse Jules simboliza el cambio permanente y la búsqueda de autenticidad en un mundo que intenta imponer etiquetas a toda costa.
Nate Jacobs, por el contrario, encarna una figura cercana a Caín. Vive marcado por una herida interna que jamás termina de cicatrizar y que acaba proyectándose sobre los demás en forma de violencia, control y destrucción. Como el personaje bíblico, parece condenado a cargar con una marca invisible que condiciona cada una de sus decisiones. Su historia es la de alguien que hereda los pecados de generaciones anteriores y termina reproduciéndolos.
Cassie Howard podría relacionarse con la imagen popular de María Magdalena, no desde una perspectiva histórica rigurosa, sino desde el imaginario colectivo. Al igual que la figura que durante siglos fue reducida al estigma sexual, Cassie vive bajo el juicio constante de quienes la rodean. Su tragedia no es el deseo, sino la necesidad desesperada de ser amada. Cada una de sus decisiones nace de una búsqueda obsesiva de validación emocional.
Frente a ella encontramos a Maddy Pérez, cuya fuerza recuerda a Judith. Maddy comprende el poder, sabe cómo funciona y se niega a convertirse en una víctima pasiva. Utiliza su inteligencia, su carácter y su capacidad de resistencia para sobrevivir en un entorno hostil. Mientras otros personajes buscan desesperadamente amor, ella busca autonomía. También podría representar al buen samaritano. Pese a sus acciones y comportamientos en ocasiones violentos, Maddy decide perdonar y olvidar el rencor para tratar de salvar a Cassie a pesar de robar al amor de su vida, no así con Nate al que nunca perdonó pero por algo más allá que la traición y la infidelidad, por su forma de ser y actuar que a ojos de Maddy éste debía asumir las consecuencias. Cassie era una Víctima, Nate un verdugo al que produjo sufrimiento a ambas detrás de esa imagen de príncipe azul.
Lexi Howard desempeña quizá el papel más singular de toda la serie. Mientras los demás viven el drama, ella lo observa. Lo registra. Lo transforma en relato. En ese sentido funciona como una especie de evangelista contemporánea, alguien que otorga significado a los acontecimientos a través de la narración. Su obra teatral en la segunda temporada actúa casi como un evangelio moderno donde la experiencia colectiva se convierte en memoria.
Incluso personajes secundarios como Fezco y Ashtray adquieren una dimensión simbólica interesante. Fezco recuerda al Buen Samaritano: una figura que, pese a vivir rodeada de violencia y criminalidad, actúa guiada por la compasión cuando nadie más parece dispuesto a hacerlo. Ashtray, por su parte, evoca al joven David antes de convertirse en rey. Es pequeño, impulsivo y feroz, un niño obligado a enfrentarse demasiado pronto a gigantes mucho mayores que él.
También Cal Jacobs puede interpretarse desde esta óptica. Su personaje guarda ciertas similitudes con el rey David, no por sus virtudes, sino por sus contradicciones. Como el monarca bíblico, es admirado públicamente mientras oculta deseos, errores y conflictos que terminan fracturando su mundo familiar.
Vista desde esta perspectiva, Euphoria deja de ser únicamente una serie sobre adolescentes para convertirse en una parábola contemporánea sobre personas rotas que buscan redención. Sus personajes están atrapados entre distintas formas de pecado moderno —la adicción, la mentira, la violencia, la obsesión o la dependencia emocional— y un deseo constante de ser amados. Por momentos, la serie se acerca más al Libro del Eclesiastés que a una narración moral tradicional: una exploración profundamente humana de individuos que intentan encontrar significado en medio del caos.
De Génesis al Apocalipsis: la transformación de la tercera temporada
Si las dos primeras temporadas podían interpretarse como una versión contemporánea del Génesis, la tercera lleva la serie hacia territorios mucho más oscuros. El salto temporal de cinco años cambia completamente la naturaleza del relato. Ya no estamos ante adolescentes descubriendo quiénes son, sino ante adultos jóvenes enfrentándose a las consecuencias de las decisiones que tomaron. La pregunta deja de ser "¿quién quiero ser?" para convertirse en "¿puedo salvarme después de todo lo que he hecho?". Es aquí donde la simbología bíblica alcanza su punto más interesante.
Rue deja de parecerse al hijo pródigo para acercarse a Job. Como el personaje veterotestamentario, atraviesa una sucesión interminable de pruebas, pérdidas y sufrimientos. Su viaje ya no consiste únicamente en regresar a casa, sino en descubrir cuánto dolor puede soportar una persona sin perder completamente la esperanza. Incluso podría interpretarse como una figura crística invertida: una especie de mesías roto que carga con las heridas, adicciones y contradicciones de toda una generación sin poseer realmente la capacidad de redimirlas.
Jules adopta rasgos de la mujer de Lot. Vive mirando constantemente hacia atrás, incapaz de desprenderse del recuerdo de lo que fue. Su historia está marcada por la nostalgia y por la imposibilidad de regresar a un pasado idealizado.
Nate se acerca al rey Saúl, el gobernante cuya caída parece escrita desde el principio. Cuanto más intenta controlar su entorno, más evidente resulta que es incapaz de gobernarse a sí mismo. Su poder termina convirtiéndose en una prisión.
Cassie recuerda a Gómer, la esposa de Oseas. Su obsesión por ser elegida y amada continúa guiando cada una de sus decisiones. Persigue una idea idealizada del amor incluso cuando esa búsqueda la conduce inevitablemente al sufrimiento.
Maddy, por su parte, evoluciona hacia una figura cercana a Ester. Ya no es únicamente una superviviente. Comprende las reglas del poder y aprende a utilizarlas sin perder completamente su identidad.
Lexi se convierte casi en una encarnación del Eclesiastés. Mientras quienes la rodean persiguen fama, deseo, dinero o redención, ella observa con distancia y parece comprender que gran parte de los anhelos humanos son, como dice el texto bíblico, "vanidad de vanidades".
Sin embargo, quizá ningún personaje adquiera una resonancia espiritual tan clara como Ali Muhammad. Si Rue representa el alma perdida de Euphoria, Ali representa su conciencia moral. Hay algo de Juan el Bautista en él, señalando constantemente el camino hacia una posible transformación. También recuerda al profeta Jeremías, que advierte a quienes ama incluso sabiendo que probablemente no será escuchado. Y quizá la comparación más profunda sea con el apóstol Pablo: un hombre cuya autoridad moral no nace de la perfección, sino de haber conocido la oscuridad y haber sobrevivido a ella.
Ali no representa la santidad. Representa algo mucho más humano y valioso: la posibilidad del cambio. Su mensaje es sencillo pero revolucionario dentro del universo de la serie. Una persona es más que sus peores decisiones. Y uno de los detalles que refleja más claramente es su pequeño cuaderno con los nombres de las víctimas de las drogas. No es un recordatorio de a quien ayudó es un recuerdo de a quien bautizó e intentó rescatar para que entraran en el reino de los cielos cuando llegara su final. Y si vamos más allá, cada uno de los nombres y fechas representan los evangelios y sus versículos
El capítulo 5 del Evangelio de Lucas contiene el pasaje de "El perdón".
Sin embargo, la aparición de Álamo introduce una grieta en esta lectura. Si Ali representa la posibilidad de la redención, Álamo simboliza aquello que parece situarse más allá de ella. Su figura recuerda a personajes como Judas Iscariote o el rey Herodes: hombres asociados a la traición, la corrupción y la persecución de aquello que podría traer esperanza a los demás.
Por otro lado, la confrontación entre ambos puede leerse también como una reinterpretación contemporánea de David y Goliat. No porque Ali sea físicamente más débil, sino porque se enfrenta a una figura que parece haberse vuelto demasiado poderosa, demasiado protegida por su propia influencia. Como en el relato bíblico, la verdadera batalla no es entre dos hombres, sino entre dos formas opuestas de entender el mundo, y ahí reside una de las preguntas más incómodas de la tercera temporada: cuando el mal provoca una herida irreparable, ¿es posible seguir creyendo en el perdón? ¿O incluso los personajes más espirituales terminan recurriendo al castigo? La respuesta que ofrece Euphoria es deliberadamente ambigua, y precisamente por eso resulta tan perturbadora.
Su traición a Álamo funciona además como un eco de numerosos relatos bíblicos donde la caída de los tiranos no llega desde el exterior, sino desde el interior de su propio círculo. Como ocurre con muchos reyes y gobernantes de las Escrituras, el verdadero enemigo no aparece en el campo de batalla, sino sentado a su propia mesa.
En ese sentido, Bishop se convierte en una pieza esencial del desenlace. No es el héroe que derrota al villano ni el profeta que anuncia la verdad. Es el hombre que decide romper el pacto. Y, como sucede tantas veces en la Biblia, basta una única traición para cambiar el destino de todos los demás.
La incorporación de Rosalía al universo de Euphoria resulta especialmente significativa porque trasciende más allá de el simple fichaje de una artista de éxito para convertirse en un reflejo de una transformación cultural mucho más amplia. Desde sus primeros trabajos, la artista catalana ha construido un imaginario propio en el que conviven la iconografía católica, el misticismo popular, la tradición religiosa y una sensibilidad profundamente contemporánea. Cruces, vírgenes, ángeles, martirios y referencias espirituales aparecen constantemente en su obra, reinterpretados desde una mirada moderna que oscila entre lo sagrado y lo profano.
Su llegada a la tercera temporada encaja de manera natural dentro de una serie que, bajo su apariencia de drama adolescente, lleva años explorando cuestiones relacionadas con la culpa, la redención, el sufrimiento y la búsqueda de sentido. Más que una aparición mediática, Rosalía representa la irrupción de una generación que está recuperando símbolos y relatos religiosos para otorgarles nuevos significados. En los últimos años, elementos tradicionalmente asociados al cristianismo han regresado con fuerza al lenguaje visual de la música, la moda y el arte contemporáneo. Cruces, halos, santos, vírgenes o referencias bíblicas han dejado de ser únicamente expresiones de fe para convertirse también en herramientas culturales con las que explorar la identidad, el dolor o la esperanza.
Este fenómeno conecta con una tendencia especialmente interesante entre los jóvenes. Durante décadas se asumió que las nuevas generaciones se alejarían progresivamente de cualquier forma de espiritualidad. Sin embargo, lo que parece estar ocurriendo es algo más complejo. No se trata necesariamente de un regreso a las instituciones religiosas tradicionales, sino de una recuperación de las grandes preguntas que siempre han acompañado al ser humano. Preguntas sobre el sentido de la existencia, la soledad, el sufrimiento, la identidad, el perdón o la posibilidad de redención.
Quizá por eso Euphoria ha conseguido conectar de forma tan profunda con su público. Porque, más allá de sus luces de neón, sus fiestas interminables y sus relaciones destructivas, sigue hablando de cuestiones universales que han acompañado a la humanidad desde hace miles de años.
Dentro de esta lectura simbólica, el personaje de Rosalía, Magick, adquiere una dimensión especialmente sugerente. Su figura parece situarse en un territorio intermedio entre la Reina de Saba y el ángel mensajero de la tradición bíblica. Como la legendaria soberana que viajó hasta Jerusalén en busca de sabiduría, Magick aparece envuelta en un aura de misterio, observando los acontecimientos desde una posición casi externa, como si comprendiera algo que los demás personajes aún son incapaces de ver. Al mismo tiempo, funciona como una presencia que anuncia transformación. No interviene necesariamente para salvar, sino para señalar que el cambio es posible.
Esta condición conecta de manera natural con la propia iconografía artística de Rosalía, siempre situada en la frontera entre lo terrenal y lo trascendente. Magick no representa la redención en sí misma. Representa algo quizá más interesante: la posibilidad de imaginarla. De hecho lo mas evidente de su personaje es el collarín que usa durante toda la temporada, que si bien no se ha explicado explícitamente, es evidente que se trata de la herida visible. Mientras la mayoría de personajes esconden sus traumas bajo maquillaje, mentiras o relaciones destructivas, Magick lleva una marca física evidente en el cuello. En la iconografía cristiana, las heridas suelen simbolizar sufrimiento, sacrificio o transformación. El collarín podría representar una persona que ha sobrevivido a algo traumático y cuya fragilidad ya no puede ocultarse.
También puede entenderse como un símbolo de limitación y contención. Un collarín restringe el movimiento, obliga a mirar hacia delante y dificulta volver la cabeza. Si pensamos en la temática de la tercera temporada obsesionada con las consecuencias del pasado, resulta sugerente imaginar a Magick como alguien que ya no puede seguir mirando atrás. Mientras Jules vive anclada a sus recuerdos y Rue lucha constantemente contra ellos, Magick parece avanzar con una herida que la obliga a mantenerse enfocada en el presente.
La Biblia de la generación Z
Puede parecer paradójico definir Euphoria como una obra profundamente espiritual. Después de todo, pocas series contemporáneas muestran con tanta crudeza el exceso, la adicción o la autodestrucción. Sin embargo, precisamente por eso resulta tan fascinante.
La Biblia nunca fue una colección de historias protagonizadas por personas perfectas. Fue una recopilación de relatos sobre individuos rotos, contradictorios y profundamente humanos que intentaban encontrar sentido a su existencia. En ese aspecto, Euphoria se encuentra mucho más cerca de los textos bíblicos de lo que podría parecer a simple vista.
Sus personajes no luchan contra demonios sobrenaturales. Luchan contra sí mismos. Y como ocurre en las Escrituras, la gran pregunta nunca es quién ha pecado, sino si existe alguna posibilidad de redención.
Quizá esa sea la verdadera razón por la que la serie ha trascendido el fenómeno televisivo para convertirse en un símbolo cultural. Porque detrás de toda su estética contemporánea sigue contando la historia más antigua de todas: la de seres humanos perdidos intentando encontrar el camino de regreso a casa.
Gara Lacaba Toledo.























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